Yo soy un pobre jubilado. No es que sea pobre por estar jubilado, es que lo soy porque siempre lo he sido. Todos mis esfuerzos, solo me han llegado para subsistir, terminar de pagar la hipoteca de mi pequeño apartamento, mi automóvil utilitario y pasar mi soltería de años y años entre el fango de miles de videos. (Para más ironía, al contrario que yo, aquellas cintas habían dejado de ser vírgenes). Entre mis glorias en la vida puedo contar la de conservarme excelentemente bien para mi edad. Se ve que el amor debe desgastar mucho el cuerpo y el mío esta intacto, como algunas otras cosas.
No es que esté insatisfecho con la vida que he llevado, pero siempre soñé que un día llegaría una princesa y llamaría a mi puerta. He imaginado miles de veces esa llamada del amor, como en una película de ese indiferente Bogart (Siempre nos quedará Paris) o como las noches indisciplinadas de Hepburn en Filadelfia. Siempre las señales del amor aguardando. Casi una obsesión.
El caso es que mi vida dio un giro repentino. Pues una de mis posesiones, quizá la más apreciada, se vio afectada por un hecho insólito.
Hace 10 años compre un coche de segunda mano. Era un Ford Fiesta azul mediterráneo con spoiler trasero y dos faros antiniebla que daba gloria verlos. Me lo dieron con pocos kilómetros y un gatito siamés al que se le movía la cabeza con más o menos insistencia, según la carretera se hacia más o menos sinuosa. Un delicioso y callado acompañante que conoce casi todos mis secretos. Yo mimaba mi coche con tanta animosidad, que incluso le daba las buenas noches cada día, cuando bajaba a tirar la basura. Un buen día vi aquella señal sobre la chapa del capó. Desde lejos parecía un común abollón, pero cuando aceleré mi paso para asegurarme que no era un sueño, lo vi, y lo vi tan claramente, que ha marcado el resto de mis días. Aquel abollón era una señal divina, sin duda. Tenía la forma de un perfecto culo femenino, tan perfecto en sus formas, que no debía ser difícil encontrarlo entres cientos de culos normales.
Por un lado tenía un gran disgusto porque mi seguro no cubría los golpes producidos por un culo (fuera cual fuera el merito de éste), pero, por otro lado, me sentía llamado a buscar a la mujer poseedora de semejante atributo y capaz de grabar con esa exactitud los lugares por donde había pasado.
Mientras veía por enésima vez con faldas y a lo loco, me planteé varias alternativas:
- Buscar a aquella mujer.
- Llevar el coche a un museo para sacar algún provecho económico.
- Darle unos martillazos y olvidarme de todo.
Al final opté por la primera.
Monté guardia frente al coche algunos días por si ella volvía a posarse en mi capó. Tras unos días de fracasos, en los que solo se acercó al coche un pastor alemán con una pata levantada, desistí del método y pasé a la ofensiva. Me puse al lado del coche y, como en el cuento de la cenicienta, fui pidiendo a las damas que se me antojaban de buen ver, que se calzaran el capó en el culo. Claro, esto tiene sus inconvenientes. Solo hay que imaginárselo.
”...Como venga mi novio te va a calzar el coche en la cabeza, viejo depravado” “Mete tú la chorra en la cerradura” “Ponte tú el tubo de escape en el culo...” bueno estas son algunas de las respuestas más cariñosas que conseguí, pero no cejé en mi empeño y un día que entre las flores amarillas y verdes de una falda me pareció adivinar un espléndido trasero; Agarré a la poseedora como si fuera un saco y la llevé hasta el capó, sin que le diera tiempo de reaccionar. El culo no encajaba del todo, así que le di un par de golpes en la rodilla para centrarlo sobre el abollón anal. No hubo forma...
Ella, por supuesto, me denunció y pasé algunos días encarcelado con otras compañías, con las que hablar de culos era cuando menos peligroso. Cuando volví el coche seguía allí y la imagen de esa mujer perfecta no se iba de mi mente, pero volver a las pruebas de capó era peligroso, por más que ya era reincidente. Así que no me quedó otra que esperar.
Un buen día observé a una pareja cerca de mi coche. En tan solo unos pocos segundos estaban retozando salvajemente sobre mi capó. Salí corriendo con la emoción contenida en los glúteos (no en los míos, claro) pero cuando llegué, ella se había ido a toda velocidad en otro coche y el chico jadeaba al lado de mi Ford Fiesta. Le pregunté:
- ¿Quién es ella?
Me respondió:
- Es solo un sueño inalcanzable y se sentó sobre el capó de mi coche, en perfecto encaje con ese abollón de nalgas perfectas.
Entonces le dije:
- ¿Ese culo es tuyo?
- Sí, dijo él extrañadísimo.
- Cásate conmigo, le respondí
- ¡Qué dices, vejete!... Soy un hombre
- Bueno, nadie es perfecto.

A veces, lo que nos llama no es conformarnos con la opción más cómoda, ni con la que más se ajusta a lo que viene a estar considerado como lo más adecuado, decente, sensato, lustroso,… predecible. Ni siquiera con la que más posibilidades podría ofrecer de llevar a buen término un propósito, sea éste de la naturaleza que sea. Pero si, además, la naturaleza del proyecto está íntimamente ligada a ese extraño universo donde habitan nuestros sueños más secretos, es bastante probable que quiera intervenir el gusanillo que nos incita a escoger, de entre todas las alternativas, la más disparatada.
ResponderSuprimirBuscar un culo, por más perfectamente diseñado y definidos que estén sus redondeados contornos, es uno de los retos más difíciles que ha podido proponerse humano alguno. Máxime cuando las pistas de que se disponen son tan solo unas tristes huellas encajadas en un capó -y pido desde aquí disculpas, por lo de “tristes”, al afanado dueño de esta iniciativa, dueño también del utilitario que recogió la muestra fehaciente de que esa perfección glútea ¡existe!-.
En efecto, el sujeto llamado a afrontar tamaña empresa, no podría tener un perfil como el de Bogart, que menciona París con tanta frialdad, que parece desplazar la meta a un punto tan distante como improbable. No, París está a la vuelta de la esquina, si de encontrar el trasero perfecto se trata. Sólo alguien con un perfil tan alocado y arrojado -de arrojo- como el de Lemmon o Brown, sería capaz de no amedrentarse por un “quítame allá esas nalgas”
Gracias por tu buen humor y tu buen hacer, Vagamente. Me has hecho disfrutar un buen rato.
Perdona mi largo retraso (ya sabes) Aquí te dejo mis besos… y mis risas!!
Pues sí, al final lo que cuenta es lo que de verdad anhelamos, más allá de lo que no es próximo, asequible, cercano, fácil, precisamente porque quien se mete en ese círculo previsible acaba por vivir de expectativas planas que no desarrollan ni un ápice de creatividad y, en el fondo, solo iteran e iteran lo conocido, como quien come cada día lo mismo por si lo demás no le gusta. ¿En cuestión de culos existe la perfección? Y de existir ¿Es culo de tipo A o de B? ¿Masculino o femenino? Sencillamente es inopinable, impensable, imposible y de eso se trata, de hacer creíble lo imposible, de hacer existir lo que nunca existirá, quizá no tanto por la imposibilidad material como porque muchos solo pueden recrear lo que se demostró era posible. Me alegra que te haya gustado y verte por este blog un poco abandonado, quizá cansado y meditabundo.
ResponderSuprimirY ya que hablas de París, pondré otro texto con ese tema.
Muchos besos y muchísimas sonrisas, que ya sabes tú, que siempre encontramos el punto justo donde se puede encontrar el lado cómico de la vida, Deaire.
Qué bonita esta foto...
ResponderSuprimirA menudo olvido comentarte los pequeños regalos que colocas cuidadosamente en alguna esquina, centrada como estoy en comentarte el texto. Y no debería ser así, son auténticas maravillas. Ay, este descuido mío...
Bueno, pues así retornas, que no hay descuido que por bien no venga, ay, ay, ay...
SuprimirMuchos besos ;-)