08/06/2011

- CLVI -


Cae de este mayo una lluvia insistente que deja sobre los tilos el rastro del acompañamiento. Con saludable destreza se escurre de las hojas la soledad, la dejadez apelmazada que es necesario combatir para darle a la vida un trozo de poema, que no resulte del todo absurdo. En este mayo florecen las retamas a los lados de la carretera, aunque la vida siga anudando canciones tristes, haciendo de los copos hirientes pomada para cicatrices en desuso o sintagmas que nacen muertos, para amargar el corazón con primaveras que no le pertenecen. No es una gran aventura lo que aguarda tras los efímeros combates que una flor establece con la vida.

Recorro el valle a pie, con los doscientos pasos que a mi vida le sobran, veo al campesino merodear, teme por sus campos repletos, en realidad, repletos de mis húmedos recuerdos verdes. Ha arado la tierra, sembrado con sudor su futuro y ahora lo resguarda de todo, incluso de la conquista de un paseante sin nombre. Tras la valla de cañas y herrumbre están enterrados algunos cuerpos, que con toda seguridad, no debieron pertenecer a nadie, tan abandonados como lo están a esta lluvia ciega, que moja mis labios con el líquido amargo que disuelve en la nada ciertas palabras, para que me hiera callarlas, para no poder liberarlas de su torpe refugio, el mismo que escribe la sentencia que me condena. Silencio. Silencio a los pies de los muertos.

Aquí venía a jugar los sábados por la tarde, entonces no había tumbas, ni pensaba que hiciera falta archivar muertos para que la lluvia, pasados los años, los moviera por el subsuelo de forma indiscriminada. Ya no viene nadie. Nadie tampoco quiere ser visitado.

Desde la loma se divisa la inmensa tierra, lenguas que se solapan, colores que han sido delimitados con un tiralíneas de proporciones descomunales. Al fondo levita la gran urbe que avanza sin control, desconocidos todos, pero tan juntos...

La lluvia hace estrellas en los charcos, se mezclan los recuerdos, seguro que al campesino lo enterrarán sin una gota de sudor, y su finca, en la que sembré mis recuerdos de aquellos tiempos, acabará rellenándose de tejados rojos y azules, y algún joven orinará sobre lo que fueron campos fértiles o quizá sobre los muertos, que tampoco estarán donde los dejamos. No importa, seguro que seguirá lloviendo.

Mojan las inconstantes gotas la piel vieja y la arrastran hacia el abismo ciego del tiempo, después cientos de lagunas microscópicas riegan la pulpa misma, el corazón de la epidermis, ese que bombea los sentidos y deja el vello confundido. Nace poco a poco la envoltura que contiene el cuerpo, ese que no es de nadie.

Miro el tiempo recrecido, el presente que se abre paso por el barro, lo miro sin distancia, sin posibilidad de poder regresar a él, sin poder desdecirme de lo que está siendo. Veo como gotean indiscriminadamente suerte e infortunio, con el mismo azar caprichoso con que golpea la lluvia sobre el paisaje que contiene a los hombres. Hay un tiempo para entablar conversación con las renuncias, y otro para vivirlo a partir de este instante, y sin embargo, habrá que descubrirlo.

2 comentarios:

  1. Caen, insistentes o inconstantes, pero siempre anónimas, las gotas, como los segundos y los días, como acabamos siendo la mayor parte de nosotros para la mayor parte del resto. Caen y se escucha el rumor de su caída, al tiempo que el pensamiento pausado acompaña el paseo y va calando la conciencia. El rumor de la vida, con goteo o sin él, alegre o triste, dependiendo del día, volará hacia el sol o acabará en el barro... “No es una gran aventura lo que aguarda tras los efímeros combates que una flor establece con la vida.” Y aún una vida cuajada de aventura se puede hacer tan breve…

    Pausado y denso el paseo, plagado de reflexiones. Y las descripciones, introduciéndote en la historia, fotograma a fotograma, gota a gota, llegan a hacerte sentir que estás allí, que formas parte de la historia, incluso que podrías ser el protagonista.

    Siempre un placer pasar por aquí. Gracias por compartirte, Vagamente. Yo estoy un poco más huraña, ya me ves…

    Muchos besos

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  2. Me gusta esa comparación que haces entre las gotas, los segundos y las personas. Nunca se sabe, ni se sabrá, cuanto de azar hace falta para que llueva sobre el sitio adecuado, para que los segundos que corren sean los que le toca a uno disfrutar o sufrir, para que las personas seamos una piña o nos repelamos sin motivo o con motivo no aparente. Un magnífico caos sin propuesta de antemano definida. Todo ocurre sobre el filo que acabará cortándolo en pedazos, haciéndolo inexistir o existir en pausa y descanso, sobre los almohadones placidos del recuerdo, pues todo es así de efímero, como este mismo pensamiento. Una vida entera es efímera, pasa y pasa inexorable, a velocidad de vértigo, estamos viniendo y ya nos vamos yendo. Tampoco las reflexiones son eternas, ni las frases sirven más que para afianzar el presente, porque no se curten a la vez que vivimos, las frases se quedan ahí, emancipadas de lo que somos, como un leve flirteo de nuestra descreída inmortalidad con el espejo que muestra el paso del tiempo.

    Me alegra verte por aquí, es un agradable paseo para los ojos leerte y, además, así el presente se hace más presente ;-).

    Muchos besos, Deaire.

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