06/03/2012

- CLXXIV -

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Ya no es ningún secreto que la vida se amontona como la sopa en la pequeña escudilla que después se sirve sin procedimiento alguno. Con el paso del tiempo se descubre fácilmente el invisible remolino que nos empuja, obligándonos a girar entre hechos insalvables, a merced de un poema épico sin rumbo, sin final preciso, sin conclusión que sea posible programar o posponer. A saltos, atraídos por la influencia de una representación colmada de desaciertos, sometidos a la distancia entre lo que era posible y lo que no pudo ser.

Los pronunciamientos de los vivos, de los que quedan vivos, acaban por crear momentos de inflexión. La curva de lo que somos se tiñe de dramáticos cambios de pendiente o se oculta bajo una nube de puntos insondables que nos definen por lo que no dejan ver de nosotros mismos, por las suposiciones infundadas del azar ciego con sus juegos de manos elegantes para la historia, tan solo para la historia.

Mas todo es arte para involucrar el entendimiento en la metamorfosis de un aprendizaje que el tiempo borrará, sin más que unos flecos que se resolverán en una o dos generaciones. Cansancio, expectativas rotas, la locura dentro de la locura, morir un poco cada día acompañando a quien se muere, para quedarse esperando el dios sabe cuándo, el sentido prófugo de los recuerdos, para atesorar ungüentos mediáticos, razones despóticas, libertad de egos taimados o la razón conspirativa con la que procuramos hacer prevalecer las formas y la eternidad sobre la propia cuestión irresoluble…
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Una vez más y ya son tantas… Esta vez, envuelta la ausencia de un halo de cuento, de dulzura y compresión. Los años como estrellas, el recuerdo vivo de los cuentos de antaño, aquellas largas historias que amenizaban los ruidos de la casa, el viento del bosque, los pasos perdidos montaña arriba, aquellos dulces terrores que procuraban el apiñamiento de los niños sobre las camas, la risa nerviosa que se escapaba en carcajada de imaginación o que agudizaba el ingenio, refiriendo a los más atrevidos a una falsa realidad de largos hilos efervescentes que deshacían su halo de luz chocando contra las ventanas, para dar media vuelta y recorrer el bosque en las noches de verano. Se exaltaban así, sus jóvenes y tiernos corazones, deseosos de nutrirse de peligros abominables y, la vez, ligeros y sencillos de salvar, con unas palabras amables y cariñosas. El resto de la vida se conforma en base aquellos recuerdos de los niños, en base a la dedicación que los ha fomentado y elevado sobre la madurez, como verdaderos y distinguidos momentos aplicables en su relevo a muchas nuevas vidas. Aquella es la verdadera trascendencia que decora el ambiente más íntimo del alma y que nos exime de la necesidad de un mayor entendimiento futuro de la vida y de la muerte.

La bondad procede de un arrojo que no necesita de previos planes o supuestos, se da, porque no hay alteraciones de uno mismo en lo que es o lo que hace. Las palabras se corresponden pocas veces con los hechos y es difícil encontrar personas que hayan mantenido las suyas intactas en la memoria de quienes las oyeron. Hay ideales y mártires, y hay sencillas personas que se desgastan lentamente en la vida con su continuo roce con realidades dolorosas pero que no les impiden hacer más fácil y hermosa la vida a los demás.

Solo cabe el agradecimiento eterno y el intento continúo por preservar en uno mismo el legado de una historia a la que jamás debería ponerse fin.

Gracias por haber existido.



26/02/2012

- CLXXIII -

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Han vuelto al jardín las rosas abundantes y rojas. Aquellas que me pedías que arrancara para ti…

Recuerdo como hundías en el agua sus tallos jóvenes, cortados sin vacilar, y los mecías durante semanas con tus mimos y arrullos, para que no se marchitasen, por mucho que el tiempo quisiera secar sus extintos brotes.

El jardín se me está llenando de rosas, todas rojas y vivaces…

Me recuerdan aquellos campos de amapolas frescas que se repeinaban con el viento fresco, cuando juntos paseábamos fabricando los sueños que pensábamos cumplir. Sí. Me recuerdan aquellos momentos tiernos del frío invierno, rodeados de nieve, sin poder movernos del refugio caliente en el que hervían las caricias en penumbra, sólo alimentadas por la luz rojiza en que nos bañaba la incandescencia de la chimenea. Aquella chimenea tiznada de ti, donde quemábamos entre risas, los malos augurios que querían posarse en nuestros sueños y desalentar nuestras quimeras.

Las rosas se están adueñando de mi jardín…

De rojo, de rojo intenso me llenan la mirada cuando la melancolía me lleva la razón hacia el mundo exterior, que ya casi no piso. Las rosas me crecen sin regarlas, sin esperar a que el abono las impregne, crecen con la lluvia que no puedo evitar, crecen sin que pueda decirles que ya no adornan nada y solo son recuerdos, que no sé cuándo se me arrancarán.

No debí plantar tantas rosas en mi jardín…

No sé que esperaba esparciendo semillas, como si hubiera de arrancar rosas toda la vida. Los jardines deberían esperarse a crecer, deberían estar seguros de que su frondosidad iba a ser aprovechada. ¿Qué hago ahora con tantas rosas?. No quiero dejarlas tristes en un vaso a su suerte. No sé cortarlas sino siento que van a mimarlas como si fuera a mí mismo a quien se arrulla.

Ni dejando de regarlas se marchitan, están siempre en flor y encapulladas hasta trepar por la fachada y rebosar mis ventanas, como si quisieran hacerme sentir culpable de no arrancarlas. Buscan una mano que las pode, quieren dar un final consecuente a los deseos con los que fueron plantadas. Pero no está tu mano esmerada para llevar la fragancia hasta el agua que bañe su resplandor y le dé ese placer extraño y casi suicida, que ellas manifestaban estallando de color, mientras agonizaban en sus últimos días. Recuerdo ese olor intenso y abrumador que desprendía tu ropa, ese olor de rosa roja, que en ningún perfume he conseguido encontrar. A veces, los jardines están hechos para un solo aroma y cuando falta la mano que los cuida se secan o arrastran todo lo que tocan. Por eso mi jardín es rojo. Y mis suspiros ya no encuentran los colores de tu amor, ni ven mas allá de unas rosas rojas que se me comen por dentro, que me impiden ser el jardinero servicial que encontrabas a todas horas.

Nunca, como hoy, odié tanto las rosas rojas…

19/02/2012

- CLXXII -

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- Pausas -

Su mente hacía pausas continuas, reclamaba lo ocurrido hasta el momento, lo mezclaba, lo analizaba, lo atendía con dedicación o simplemente, lo olvidaba. Ella necesitaba resituar en su cabeza las sensaciones y cuanto más lentos eran sus pensamientos mejor y más vivos los sentía. Odiaba el ajetreo, el movimiento brusco al que suele asociarse la consecuencia de intentar saciar una necesidad acuciante. También en el amor, que no ha de señalar un limite de cumplimiento, ni un plazo de validez. En amar, aun en su manifestación menos perdurable - decía ella - siempre ha de plantarse la semilla verdadera que encierra la reserva de la eternidad; quebrada o no por el futuro, brote o no brote del todo entre las muchas características que intentan nacer de la vida. Tenía el corazón lleno de impulsos, impulsos nerviosos que se repartían por su pecho, que escalaban hasta su razón, para desde allí, empujar una a una las neuronas y obligarles a establecer el contenido y la forma en cada uno de sus pensamientos. Tal como si fueran comprimidos efervescentes de lenta asimilación. Ella lo llamaba perfecto clima para los sentidos y era así, porque al mirarse al espejo, ella misma se daba cuenta de que el sol le iluminaba los ojos y se le encendía la mirada con un brillo de viva vida. Estaba convencida que desde algún rincón de su pensamiento se filtraba una suave fragancia que pausaba su mente y le otorgaba el más alto honor en la escala de la inspiración.



13/02/2012

- CLXXI -

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- Exclusividad -

Leo poemas sueltos, los leo con sentimiento. Me he convertido en ser de formas difusas que no quiere parecerse a nada, ni a nadie. He salido a llenar mi sombrero de hojas rojas, todas muy rojas, y las he lanzado al aire deseando que al caer no significaran nada; nada que nadie pueda repetir alguna vez.


07/02/2012

- CLXX -

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Poética

En estos días de raro invierno con sol radiante, que me regalan ánimo y alegría, me encuentro poético. Será, probablemente, una poética razonada, no impulsiva, o quizá sí. En todo caso, nada sentenciosa. Podría pues, encontrarme en este instante en medio de un casi verso y no de una prosa constante y no muy trabajada. El caso, es que por un medio u otro, me siento poético, que no tonto del todo, y así, me ha dado la vena de contemplar el horizonte como un espumoso reflejo que pide a voces, que alguien se le acueste encima. Este sueño con voluminosas formas de blanco puro, todo él mullido para aliviar a cualquier visionario, me hace pensar en mí mismo ¿Por qué no? Todo aquello que soy capaz de suponer me pertenece y en pos de esa distancia, apenas mínima, camino con paso firme a la espera de reposar el cansancio mental, que me ocupa hasta las vísceras con temas recurrentes que se abren y cierran al son de un viento indeciso que, por trajinar, hasta se me escapa por las rendijas que, como buen aspaventero, le provoco con destreza y dinamismo. Parece que todo es así, y que nada puede hacerse por sujetar la razón a la víscera y, en todo caso, sí puedo poetizar mi propia razón descompuesta, y sentirme volátil o dejarme llevar por cualquier palabra en desuso o apenas inventada hace unos segundos.

Me invade una fresca brisa poética, y hasta escribiría unos versos si fuera menester, mezclando partes ambiguas que han quedado incompletas en mi pensamiento, pero para eso tendría que centrarme en algo en particular. Y eso de centrarme me cuesta mucho. Así que distinguiré el sentir poético de la acción poética como acto en sí. Es decir, el poeta se puede sentir poeta sin llegar a serlo por sus actos, solo por su relación con el medio en el que vive o, dicho de otro modo, solo por como siente en relación a las realidades absolutas. Así, con esta capacidad conformista para agradarme sea cual sea el resultado, me supongo menos bobo de lo que soy y lanzo al viento pequeños giros de voz, para saber si se sostienen o deben esperar otros días más aconsejables. ¿Cómo saberlo? Los días pasan y los sucesos se renuevan a la orden de ya. Depende cada hecho de otro hecho que a su vez depende de otros y de otros que ni por deferencia en alguna de sus relaciones se acercan a depender de uno mismo. Lo mejor es sintonizarse y estimularse por medio del poema, por medio de una sucesión de pensamientos sin forma precisa. Aquello de traer palabras, de una en una, hasta formar una frase innecesaria para vivir, pero cálida por su origen. Todo lo que viene de un momento blanco, a pesar de que no debe tenerse en cuenta, realiza una función expresiva importante. Alguna vez he jugado a decir lo que primero que se me venía a la mente y he encontrado algunas frases curiosas, lástima que en esos momentos no esté disponible la memoria para archivar y clasificar y, en el futuro ya solo podamos tirar de un hilo que quedó suelto y quién sabe si hubiera podido yo colocarle veinte finales diferentes que se apilaran ahora mismo en un largo verso conforme. Advierto que todo es posible, incluso en la diferencia entre lo poético y lo exacto, entre la víscera y la razón, entre lo absoluto, lo relativo y lo improbable…

05/02/2012

- CLXIX -

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Me parece importante saber o conocer cuáles son los hábitos de quienes nos rodean, para saber si de verdad ocupamos el lugar que por sus palabras e ideas parecíamos ocupar. En la vida podemos encontrarnos con otras personas que hayan basado sus acciones/comportamientos en el no-conocimiento de sí mismos, un no-conocimiento permitido y, muchas veces, buscado como forma de vida. Se pueden crear realidades con las que estar conforme, dejando de lado la realidad palpable (aun poliédrica) y aceptable, basada en hechos de naturaleza probada.

En ocasiones, se manifiestan los valores y principios propios con cierta vehemencia pasional y se busca la reafirmación de lo que se es sin pararse a dudar sobre cuáles son las razones por las que se es. Quizá sea ésta, solo una forma de auto convencimiento poco enriquecedora. Ocurre igual, cuando se da por no sabido, lo que no se quiere saber, entonces lo que penetra en nosotros es una forma de ignorancia, que quizá sea la peor de todas: La ceguera mental.

Abrirse al exterior implica aceptar ciertas críticas que, de alguna manera, deben ser escuchadas y tenidas en cuenta, pues de muchas de ellas deriva el progreso consciente del conocimiento. Creerse que uno lo sabe todo, que puede obviar lo que le parece poco adecuado a su gusto, es no tener plenitud de pensamiento y encorsetarse para siempre en burdos razonamientos que se van llenando de polvo, y se quedan obsoletos y fuera de todo empirismo comprobable y contrastable.

Existe toda una suerte de asociación indisoluble, una simbiosis colegiada, que se establece entre los que admiten una ignorancia consentida y consciente. Entre ellos no se pueden dar nada, pero se lo pueden agradecer todo.


02/02/2012

- CLXVIII -

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Hoy te han arrancado de la cama, como alguien ya despojó de pan al hambriento. Te han tomado al vuelo. ¡Ponte en marcha! te han dicho unas voces conocidas, muy tuyas, casi plenas de actividad- ¿Qué hora es? Casi las once.. ¡Casi las once! ¡Venga vamos! Que mi primo nos ha llamado para ir a su piscina… Y tú, entre las sabanas, con el culo en pompa, dándole la espalda al tiempo, como diciendo conmigo no contéis, que no puedo, pero lo que no podías era decirlo. Así que fuerza de flaqueza, o fuerza de un pompis revirado y mustio, hasta ponerlo sobre la cama, como cuando te despertaba tu madre para ir al colegio y le decías que no estabas bien, que igual tenías fiebre, pero nada, valiente, valeroso, casi hombretón, en pie, con la templanza del héroe acudes presto a la ducha fría. Parecía ser suficiente, pero no, has tenido que retocarte las pestañas con algo de hielo y peinar los dos mechones con agua de manantial. ¿Ya estás listo? Casi que lo que estás, es atontado. Pero contento por dentro, porque recuerdas con puntos y comas un profundo sueño en la oscuridad de la noche. Y así te dispones a salir, pero un momento… ¿No se te olvida algo? ¡Ah la cama! La cama sin hacer … Y solo ante ella, oyes las voces de las lamas que te cortejan y como el sueño reclama tu atención… Apenas un leve resplandor de letras. Raymond Carver apoyado en un pequeño pruno al pie de la piscina, leyéndote en alto el relato de las tres rosas amarillas, entre estornudos primaverales, cabezadas sueltas y brazadas en la cristalina corriente de un mar limitado. Nadas entre las páginas y los sueños, a partes casi iguales, hasta que una curiosa alarma dispara en tu mente la frase que define tu estado de facebook : “ gallina empolladora” y, de nuevo, sin más, has sentido una mano fría en la nuca, que te arrancaba de la cama, como alguien que despoja de su pan al hambriento…

27/01/2012

- CLXVII -

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-Oferta-

Dejo pasar el tiempo, perdido, lejos de cualquier pensamiento voluntario. Trazo una línea imaginaria en donde nadie me reconoce y cierro los ojos lentamente, de forma, que al respirar, noto en mi pecho como me invade una cálida brisa que ya ha recorrido antes mi interior. Me entrego a las palabras más hermosas que puedan ocurrírseme y me meto entero de pies a cabeza en mi único, sencillo y dolorido cuerpo. Sueño, entonces, libre de toda dependencia. Siento ahora mi piel encerrándome más acá del mundo, poro a poro… Me convierto en una larga caricia imposible, que contiene una dosis de paciencia y serenidad que hace que fracase cualquier intento de pensamiento alguno y me dejo arrastrar por una profunda sensación de soledad deseada. Y una vez en ese punto, casi líquido, me refresco y dejo que me invada el tiempo, que me surquen los minutos, hasta que conviertan el mundo en algo poco importante o en un garabato nada necesario. Canto un bolero, me baño desnudo en un tibio lago donde floto sin esfuerzo alguno, sonrío indiscretamente al espejo y descanso del trajín del otro lado. Convierto monedas en esencias deletreables y estampo un sello incoloro en el sitio que corresponde a cada uno completar… Y aún pediría, que si no quedo satisfecho, me devuelvan una vida.



22/01/2012

- CLXVI -

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- Vendrá o no vendrá a mí una nueva razón del tiempo, porque no sé si todavía es tiempo, o si es el tiempo quien ha de decidir, si ha de llegar o pasar de largo.

- Algunas hebras de la razón se hicieron ruina y, desde entonces, allí permanezco flotando en las reminiscencias de un pobre reino, adherido a los restos, como el salitre en el relieve, asiendo con las manos un puñado de hojas mudas de almanaque. ¿Y ahora qué he de hacer?

- Lo admito, para poder decir que sobre la vida no sé nada, que nadie en realidad sabe que es esto que, entre las pausas del pulso, pregunta y pregunta con insistencia.

- A dónde vas... Si en el alcance de tus pasos hay miles de razones que perecerán por falta de atención. A un paso están las soluciones, en el mismo lugar que los recuerdos y las faltas.

- Si me encuentras abanicándome la sien, será por despejar alguna duda, que en realidad ya a nadie importa; después de todo, me queda tan solo admitir que ha logrado hacerse cierta esa sensación de que todo queda inconcluso, con tan solo el pleno reconocimiento de su insistente rogativa.

- Se entrega, se entrega uno a la vida, y lo primero que le pone es un paréntesis. Se hace a sí mismo entre corchetes y fabrica con tesón unas comillas consistentes, para citarse, como si fuera, de algún modo, importante. Pero nada es importante, nada en el rito de la permanencia, excepto entenderla como imposible, entender lo efímero de un resultado, de una cifra, que es parte de otra, que opera hasta perder su condición única y acaba por desaparecer; tan solo rescatada cuando alguien, en su despiste congénito, repase esa suma, esa resta, esa frase que ya no figura en ningún sitio.

- Si aprendes a no estar, a desaparecer mezclado entre nombres y adjetivos, a saber quitar el protagonismo al vencedor y dárselo a quien malvive postrado por los acontecimientos... Sabrás dejar de ser, prepararte para no ser absolutamente nada, morirte para la importancia, con las horquillas puestas, bien peinado, visto de perfil, justo del lado que, en realidad, te favorece.


15/01/2012

- CLXV -

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A veces, el filo de una copa provoca un reflejo de brillantes colores.

En pintura, los colores se mezclan siempre más de lo que se mezclan en la vida los hombres.

Muchos hombres guardan demasiadas renuncias en el corazón.

Le entregué mi corazón por primera vez una tarde de invierno, aquella misma en la que sentí que el pulso se me paraba en su ausencia, desde entonces no sé en que estación vivo.

En la estación, al pie del andén, un niño pedía con su pequeña mano, cosas pequeñas.

No era tan pequeña la ciudad como yo la veía; Me había alejado demasiado de todo, incluso de aquel reloj que en lontananza ya no marcaba mis horas.

Hacía horas que esperaba una palabra, pero no era aquella palabra y ella acabó desvaneciéndose como si nunca hubiera existido. Para él, ese fue su primer y único error.

La palabra era esdrújula con el acento alejado de los pies, pero a él le crujían como ramas secas los tobillos y acabó quebrándose cual ronco y miedoso fonema (Déjame)

Sobre esas ramas anidó una pareja de mirlos que a simple vista se amaban, al poco, y sin haberlo buscado, cayó ella con un perdigón hundido en el costado - ¿Y qué fue de él? A él no le quedó más remedio que buscarlo.

Hundido hasta el cuello en un pozo, un hombre saciaba sin medida su hambre.

Pasó la plaga del hambre y todos comenzaron a hablar de otras cosas, se preparaban para sentirse de nuevo insatisfechos.

Él era un eterno coleccionista, coleccionaba decenas de cosas: manteles, candelabros, pilas bautismales, tijeras de manicura, abrelatas, ceniceros, destornilladores de estrella, cartas astrales, verbos en desuso y hasta yogures caducados, sin embargo, su único heredero apenas sigue la tradición de su padre, tenemos constancia de una sola colección: La de cajas de cartón llenas de objetos inservibles.

Al hacer caja le faltaban veinte euros y decidió ponerlos de su bolsillo. No quería que nadie supiera que era él, quien a sí mismo se robaba.

En el bolsillo siempre guardaba un as, por eso iba todo el año en manga corta.

Le quedaba medio año para que le hicieran fijo en su trabajo y poder cumplir su sueño. El banco por fin le concedería el préstamo hipotecario que le daría la llave de un pago fijo para el resto de su vida.

Podrá vivir sin dios quien sueña, porque el sueño es siempre cosa de justicia mortal, podrá vivir sin dios quien ama, porque la fe en el amor puede llegar a tener dimensiones impensables, pero no habrá nunca dios si no hay hombre que le recuerde y reviva.

La diferencia entre el amor y el odio, es que en el caso del primero, el rostro que se refleja en el espejo nunca es el nuestro.

Se durmió frente al espejo y al despertar pudo observar un par de mocasines tirados en el suelo y a su lado, justo en medio del salón, un hombre de pelo oscuro sentado que apoyaba su espalda contra el lateral de un viejo sofá. Tenía la mirada perdida y sujetaba, con solo dos dedos de la mano izquierda, una opera a medio escuchar. No pudo evitar mirarse con cierta compasión.

Entre sus dedos encontré un océano de dulce espuma al que no pude poner nombre. Ese tierno y leve movimiento convertía su mano en la orilla perfecta. Oí a lo lejos una voz que, como penetrante melodía, me ofrecía los sones de un ritmo eterno... “Chin-chin”. Ella me ofrecía su copa para brindar y yo... Yo sólo veía su mano.

07/01/2012

- CLXIV -

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Equilibrio intrascendente
servido en LDA por bootes 27 septiembre 2011 / 15 comentarios

La mente humana funciona como un mezclador que tritura las motivaciones de cada cual para servirlas con la presentación que el momento propicia. Solo eso. Nada nos espera, nada nos admitirá en su horma más allá de nuestros días. La conciencia es solo humus en potencia, la vida un afán de contrariar el estado neutro del cosmos, una décima en la enormidad de la muerte, una sacudida de lo inerte por un instante vivo, tan solo por un instante. No hay tanta trascendencia ¿Acaso es diferente morir de amor, envidia, alegría o enfado? Al final, todo acaba siendo una maraña de hilos que tejen la nada, para que lo desnudo parezca vestido de vida, para que el sentimiento parezca decorar un vacio infinito. Conquistamos la carta escondida, la que nadie conoce y se esgrime como causa de que perfectos sistemas colapsen cada segundo, en un largo sistema de relevos que, tal como vence la vida, resuelve abandonarla. Equilibrio, sustancias, energías, materias y el desgaste de los hombres que creen que la posteridad es el más hermoso y único alivio, heridos en el orgullo de no estar presentes cualquier día. La desfachatez de lo innecesario, la queja última del animal herido, el bien y el mal condenados a enterrarse en la misma tierra. Dignidad, amargura, presencia y sonrisas, y todo aquello que se distingue entre las líneas escritas que nos sensibilizan, porque no podemos ser tan poca cosa, tan resueltamente prescindibles. Amantes de un futuro inexistente, muertos que dan tumbos entre flores que alguien olvidará regar, cualquier día.

Y no somos nada más, ni podremos - por pura necesidad de equilibrar nuestra propia contienda - ser menos.

10/12/2011

- CLXIII -

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* (Foto cedida por Deaire)

Flor piensa que bajo su cama se esconde todas las noches una estrella. Tiene esa idea desde pequeña, pero nunca ha tenido valor para asomarse y darle veracidad a su suposición. Para ella no es fácil desengañarse de sopetón y además le causa temor quedarse sin ella, pues desconoce si las estrellas se asustan y se esconden cuando alguien las descubre. Ella aún no conoce la historia de David Fabricius, y es muy posible que nadie se la cuente nunca. Porque en realidad las estrellas que aparecen y desaparecen ahora son miles y no parecen importar demasiado. Ella como todos tiene docenas de problemas, pero en su intimidad le gusta creer que en la magia del cielo y antes de arroparse y apagar la luz, tiene por costumbre dar las buenas noches a su estrella.

Algunas noches le gusta pasear por el bosque. Por entre los árboles oye lejanos ruidos y alguna vez ha visto la silueta de un zorro moverse entre los matorrales. Suele llegar a la colina del Príncipe Pío, al pie de la cual aun se ve resbalar la sangre de los fusilados en aquel fatídico tres de mayo. Hace ahora casi doscientos años. Ella sube la colina indiferente a la civilización, como si aquel islote, coronado en 1972 por el templo de Debod, fuera un espacio libre y la ciudad no hubiera conquistado sus lomas, ni el templo de culto al dios Amon y la diosa Isis, hubiera cambiado de manos piedra a piedra y con ello su verdadera esencia y su verdadero lugar de asentamiento. Ella en su vagar retrocede algunos siglos sin darse cuenta y aunque Holanda queda lejos y Fabricius descansa entre otras estrellas, ella mira al cielo. Tumbada sobre la roca fría y con los ojos risueños se entrega al universo. ¿Cuál será la estrella que duerme bajo mi cama?

Algunos días las nubes bajas irrumpen en la escena y barren la ciudad. Poco a poco los edificios van sucumbiendo a la niebla y las estrellas se pierden hasta el día siguiente. Así de sencillo es borrar el universo, basta una dosis adecuada de vapor de agua.

Cuando vuelve a casa, ya sabe que su estrella está acostada y ella duerme placidamente, un sueño que de otro modo sería imposible.

Una noche cualquiera de otro tiempo un astrónomo Holandés apellidado Fabricius, no consiguió dormir. En realidad fue el 13 de Agosto de 1596, el primer día que observó una estrella roja, hasta entonces desconocida. Ya se habían descubierto otras estrellas de semejantes características, pero esta sería la primera de una larga lista de estrellas que tras un tiempo de mostrarse en el cielo desaparecían. ¿Una estrella asustada? Fabricius miró la estrella durante algunos meses y observó como, poco a poco, su luminosidad iba decreciendo hasta desaparecer de su vista. Quizá Fabricius pensó en que aquella era una estrella vergonzosa y que al saberse observada había querido esconderse, quien sabe si vistiéndose de negro y mimetizándose con el vacío. Aquel hombre no desesperó y noche tras noche, junto con sus otras observaciones astronómicas, buscaba a su estrella sin que el resultado fuera consolador. Más tarde, la búsqueda de la estrella llegó a ser una obsesión y tras bautizarla como Omicrón Ceti (Decimoquinta estrella en orden de luminosidad en la constelación de la “Ballena” Cetus en latín) varios de los más reputados astrónomos de la época se interesaron por el asunto...

Habían pasado 13 años de espera y por fin en 1609 Fabricius volvió a ver la estrella perdida. Mas tarde y sin motivo aparente, la estrella volvía a desaparecer, en un ciclo similar al juego del escondite donde la espera siempre la cuenta el mismo. Cuando murió Fabricius nadie había sido capaz de desvelar el misterio de Mira “la maravillosa” como se la dio en llamar años más tarde.

A medida que pasó el tiempo se fue descubriendo el enigma de la estrella. Fue en el siglo XVIII cuando Herschel observó su ciclo de luminosidad y le asignó una causa a la desaparición de la maravillosa estrella. La magnitud de su brillo desciende de 2 a 10 y se hace imposible de observar con la vista. La estrella permanece oscurecida durante un tiempo por su propia evolución. Como las personas a veces permanecen en un discreto segundo plano, sabedoras de que a veces el silencio es la mejor respuesta a muchas de las proposiciones de la vida. Son sabias las estrellas variables, pues son capaces de dormir a tu lado sin necesidad de deslumbrarte.

Flor sueña lejana a estas hipótesis. Duerme placidamente mientras la estrella reposa bajo su cama. No desea comprender, ni dar explicación a su creencia, solo se siente firme en su decisión de estar siempre cerca de su estrella. A su edad, ella ha empezado a creer que la sabiduría se puede adquirir sin necesidad de saber de donde viene. Y que las dudas no es necesario siempre que tengan una respuesta palpable, porque a veces los misterios más provechosos son los que dejamos que duerman todas las noches bajo nuestra cama.

06/11/2011

- CLXII -

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Recostada en el poste de la luz, la veía en todos mis sueños. Y la veía con su pelo negro y largo, estirado e inacabable, confundido en su imposible longitud con esas piernas de estilete, delgadas y cobrizas. De tanto soñarla, pude dividir en constelaciones los lunares de su cuerpo, y le puse nombre a aquel tan perfecto que pellizcaba su pómulo sonrosado. "París" Quise llamarlo. Y un día tras otro, en el oscuro callejón del sueño, la encontraba siempre esperando y en sus ojos verdes y grandes y en el ritmo de sus párpados de zumo, leía siempre: "París quiere conocerte" Miles de veces saque ese billete para París: Avión, tren, autobús, y siempre la claridad de la mañana despertaba mis ojos, y con ella, el viaje se aplazaba. Un buen día la encontré por aquí fuera, en este mundo que llaman real y en el que se supone estamos despiertos. Subimos juntos al último piso de un edificio de oficinas. Rogué que me mirara y que sus labios dijeran mi nombre, pero no fue así. Tras la puerta, otro la abrazaba, y entonces, supe que en todo ascensor hay un destino, y que el mío, era probablemente dejar de soñar con París.

02/10/2011

- CLXI -

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Yo soy un pobre jubilado. No es que sea pobre por estar jubilado, es que lo soy porque siempre lo he sido. Todos mis esfuerzos, solo me han llegado para subsistir, terminar de pagar la hipoteca de mi pequeño apartamento, mi automóvil utilitario y pasar mi soltería de años y años entre el fango de miles de videos. (Para más ironía, al contrario que yo, aquellas cintas habían dejado de ser vírgenes). Entre mis glorias en la vida puedo contar la de conservarme excelentemente bien para mi edad. Se ve que el amor debe desgastar mucho el cuerpo y el mío esta intacto, como algunas otras cosas.

No es que esté insatisfecho con la vida que he llevado, pero siempre soñé que un día llegaría una princesa y llamaría a mi puerta. He imaginado miles de veces esa llamada del amor, como en una película de ese indiferente Bogart (Siempre nos quedará Paris) o como las noches indisciplinadas de Hepburn en Filadelfia. Siempre las señales del amor aguardando. Casi una obsesión.

El caso es que mi vida dio un giro repentino. Pues una de mis posesiones, quizá la más apreciada, se vio afectada por un hecho insólito.

Hace 10 años compre un coche de segunda mano. Era un Ford Fiesta azul mediterráneo con spoiler trasero y dos faros antiniebla que daba gloria verlos. Me lo dieron con pocos kilómetros y un gatito siamés al que se le movía la cabeza con más o menos insistencia, según la carretera se hacia más o menos sinuosa. Un delicioso y callado acompañante que conoce casi todos mis secretos. Yo mimaba mi coche con tanta animosidad, que incluso le daba las buenas noches cada día, cuando bajaba a tirar la basura. Un buen día vi aquella señal sobre la chapa del capó. Desde lejos parecía un común abollón, pero cuando aceleré mi paso para asegurarme que no era un sueño, lo vi, y lo vi tan claramente, que ha marcado el resto de mis días. Aquel abollón era una señal divina, sin duda. Tenía la forma de un perfecto culo femenino, tan perfecto en sus formas, que no debía ser difícil encontrarlo entres cientos de culos normales.

Por un lado tenía un gran disgusto porque mi seguro no cubría los golpes producidos por un culo (fuera cual fuera el merito de éste), pero, por otro lado, me sentía llamado a buscar a la mujer poseedora de semejante atributo y capaz de grabar con esa exactitud los lugares por donde había pasado.

Mientras veía por enésima vez con faldas y a lo loco, me planteé varias alternativas:

- Buscar a aquella mujer.
- Llevar el coche a un museo para sacar algún provecho económico.
- Darle unos martillazos y olvidarme de todo.

Al final opté por la primera.

Monté guardia frente al coche algunos días por si ella volvía a posarse en mi capó. Tras unos días de fracasos, en los que solo se acercó al coche un pastor alemán con una pata levantada, desistí del método y pasé a la ofensiva. Me puse al lado del coche y, como en el cuento de la cenicienta, fui pidiendo a las damas que se me antojaban de buen ver, que se calzaran el capó en el culo. Claro, esto tiene sus inconvenientes. Solo hay que imaginárselo.

”...Como venga mi novio te va a calzar el coche en la cabeza, viejo depravado” “Mete tú la chorra en la cerradura” “Ponte tú el tubo de escape en el culo...” bueno estas son algunas de las respuestas más cariñosas que conseguí, pero no cejé en mi empeño y un día que entre las flores amarillas y verdes de una falda me pareció adivinar un espléndido trasero; Agarré a la poseedora como si fuera un saco y la llevé hasta el capó, sin que le diera tiempo de reaccionar. El culo no encajaba del todo, así que le di un par de golpes en la rodilla para centrarlo sobre el abollón anal. No hubo forma...

Ella, por supuesto, me denunció y pasé algunos días encarcelado con otras compañías, con las que hablar de culos era cuando menos peligroso. Cuando volví el coche seguía allí y la imagen de esa mujer perfecta no se iba de mi mente, pero volver a las pruebas de capó era peligroso, por más que ya era reincidente. Así que no me quedó otra que esperar.

Un buen día observé a una pareja cerca de mi coche. En tan solo unos pocos segundos estaban retozando salvajemente sobre mi capó. Salí corriendo con la emoción contenida en los glúteos (no en los míos, claro) pero cuando llegué, ella se había ido a toda velocidad en otro coche y el chico jadeaba al lado de mi Ford Fiesta. Le pregunté:

- ¿Quién es ella?

Me respondió:

- Es solo un sueño inalcanzable y se sentó sobre el capó de mi coche, en perfecto encaje con ese abollón de nalgas perfectas.

Entonces le dije:

- ¿Ese culo es tuyo?

- Sí, dijo él extrañadísimo.

- Cásate conmigo, le respondí

- ¡Qué dices, vejete!... Soy un hombre

- Bueno, nadie es perfecto.

29/09/2011

- CLX -

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Después de 23 años, uno de aquellos tres amigos, les propuso a los otros dos volver a reunirse. Como en los viejos tiempos, les dijo. Y cada uno por su lado, no fueron capaces de negarse. En el fondo a los tres les apetecía volverse a ver. Desde muy pequeños, aunque tengamos muchos amigos, siempre hay algunos por los que se demuestra mayor preferencia y lo curioso de este trío es que las preferencias nunca fueron correspondidas, quizá por eso se trataba de tres y no de dos, que es lo más habitual. Ernesto prefería a Juan y Juan a Raúl y a su vez Raúl, prefería a Ernesto. De esta manera, si Ernesto llamaba a Juan, siempre Raúl acababa enterándose y asistiendo, pues en el fondo él deseaba estar con Ernesto. Empezara donde empezara la comunicación, siempre acababa cerrándose en círculo, haciendo imposible el debate a dos bandas.

Quedaron en el viejo apeadero, como siempre, aunque los tres llevaban muchos años sin tomar el tren. No sabían que aquel pequeño apeadero ya no funcionaba y que habían construido una estación con todos los servicios a dos kilómetros de allí.

El primero en llegar fue Ernesto. El apeadero estaba clausurado. Un pequeño cartel indicaba cual era la situación del nuevo emplazamiento. Pensó en esperar un rato y sacó un cigarrillo. Las vías seguían allí, desnudas, mostrando el camino de la gran urbe, aquella inmensa prisión en la que ahora vivía. Un tren se aproximaba, aún seguía pitando al pasar el viejo apeadero, era un saludo de viejos amigos, pero ya no paraba, ni siquiera aminoraba la velocidad. Una docena de rostros erguidos, pasaban tan rápido, que apenas existían. Tiene esa cualidad el hombre, a veces existe por un instante para otros, solo por un instante.

Las volutas de humo se deshacían nada más pasar el límite su canosa cabeza, todo a partir de ahí se deshace, y se lo lleva el viento. Ahora piensa Ernesto, en su historia. Parece que las reuniones de viejos amigos, tienen como propósito examinar el propio balance de la existencia. A lo lejos, un centro comercial ha robado el eco de la pequeña colina. Allí subía Ernesto a gritar, a gritar todo aquello que esperaba de la vida. Esas rocas le conocieron bien, se pregunta si ahora le reconocerían o simplemente desde su indiferencia a lo que les rodea jamás se interesaron por aquellas inquietudes de adolescente. A lo mejor murmuran entre ellas, quien sabe... – Mira ahí va el incomprendido, el que un día nos chilló que sería el rey del mundo, que necio, llevamos aquí tanto siglos oyendo lo mismo...

Una brisa fresca recorre el pequeño andén. Las losas están levantadas y en las grietas se dejan ver pequeños hierbajos, símbolo de que otra vida nace tras el abandono. Consecuente este paisaje con nuestra vida de relevos, de nuevos comienzos.

Siempre cogió el tren en aquel lugar, no se le ocurre pensar que hubiera pasado de no haber existido aquellas vías, de no haber tomado día tras día el mismo camino. Es un viajero indiferente al tiempo y a los sentimientos, aguardando, esperando, esperando que llegara el día en que todo aquello fuera historia, para venir a recordarlo al mismo lugar donde lo abandonó. La vida no espera, en realidad la vida nada, porque en sí misma, la vida no vive y no siente, hay que juguetear con ella para que quiera formar parte de lo que uno es.




Ernesto ha salido de un cansancio, para meterse en otro, porque todo es siempre igual, luchar, poner a punto los sentidos, para olvidarse de para que sirven, componer canciones y dulces melodías para tener que marcharse a escucharlas a un lugar alejado apartado del ruido, del bullicio del centro comercial, del pitido del tren expreso, que ya no espera a nadie, porque quizá nadie sepa en realidad a donde quiere ir.

Recuerda las largas colas que se formaban para tomar el primer tren de la mañana. Silenciosas colas, donde nadie hablaba con nadie, susurros del amanecer, apenas perceptibles roces de bolsos y carteras, pensamientos que flotaban en el aire y cada cual eligiendo el suyo, olvidándose de aquellos que se quedaron varados en la marquesina, de aquellos que todavía se quedaron prendidos durante un par de estaciones, de aquellos que se perdieron entre las vías, sin que nadie nunca los haya vuelto a recordar. Se oyen crujir esos momentos del pasado a medida que el tren los va aplastando, leves chasquidos de lo que fueron grandes sueños o pequeñas oportunidades a las que se dejó de lado porque algunos sentimientos nos empeñamos en que permanezcan para siempre callados. Se imagina aquellas supuestas conversaciones, entre los deseos olvidados en el aire: -¿Qué haces aquí? Esperando a que me elijan, a ser de alguien, a tener derecho, a que me piense otro. Me abandonaron. Me crearon y ahora no quieren saber nada de mí.

Ernesto sigue perdido en sus divagaciones, los recuerdos son muchos. - Hay respaldo, tengo un saco de buen hacer, se dice a sí mismo. Y cuanta cobardía también, tanta injusticia consentida, cuanto de él se ha quedado flotando en aquel aire. Irreconciliable esa duda, ese perdón que nunca le otorgarán las frases abandonadas sin haberse articulado, sin haberse pronunciado, solo soñadas, abreviadas para la vida, por ser efímera la atención que se les presta. Cuando no hay decisión todo son oportunidades perdidas, es la inercia la que preside la vida, el aceptar como válido aquello que se nos muestra como ejemplo, como verdad ya pensada por otros...

Raúl camina hacia el apeadero. Tuvo que preguntar ¿Aquellas casas no estaban, verdad? Está todo tan diferente. Desde mi terraza se veía una montaña, ahora no hay posibilidad de elegir. Lo que se ve es lo que hay. No es que la montaña haya desertado, es que no tienen en cuenta los hombres, que es lo que desean ver, ni como desean vivir, solo se dejan arrastrar por el signo de los tiempos. Raúl ve a Ernesto en el apeadero, espera estrecharlo en sus brazos y quizá derramar unas lágrimas por aquellos tiempos, o quizá por los que siguieron a aquellos, que son los que miden la distancia entre las personas. La necesidad de saber, de ser, el tomar la mano, el aceptar las diferencias que las arrugas nos traen, que nos revelan el paso de ese otro tiempo. Hay un abismo, o un tesoro tras los pasos, que conducen a este reencuentro.

Sobran las palabras una vez más, como sobraron aquellas otras que todavía permanecen allí. Elegidas para un segundo, olvidadas para el resto de los tiempos. No fui lo que dije que iba a ser, no te preocupes yo acabe siendo lo que más odiaba. El tren volvió a pasar, esta vez otro tren, con otros rostros también fugaces, entre ellos el de Juan. No le han visto. Pasó de largo. ...

El revisor le explica que el tren ya no para allí. Tendrá que andar dos kilómetros. Uno por cada amigo. Uno por cada reencuentro. Un kilómetro para acicalarse y parecer perfecto, para dar por válidos todos esos kilómetros anteriores. Un pequeño taxi, un conductor anciano. –Esto ya no es lo que era, se llenó de gente. Ya no se ve el campo, solo casas y más casas. Lléveme al antiguo apeadero. ¡Pero si allí no hay nada! Algo habrá, yo deje allí a unos amigos, seguro que aún me esperan... Una elección segura. Se trataba de pensar y sentir, se trataba de elegir, se trataba de regresar poco a poco, de tirar de aquellos pensamientos, que quizá visto lo visto, no fueran dignos de abandono. Para Juan aquella carretera no es la misma que tomaba cada mañana, porque el peso de lo vivido le da otro aire al mundo, parece más sencillo adivinar, más sencillo reconocer, más moderado el rostro que se refleja en el retrovisor.

Nunca vuelve nadie, le dice el taxista, los que se van se van para siempre ¿Qué tendrían que venir a buscar aquí? Y mientras esto dice se revuelven en los rincones de aquella ciudad dormitorio miles de pensamientos vagabundos, ofendidos por su extraña cautividad. Libres de circular por calles y avenidas, libres de descansar en el apeadero o en el portal de cualquiera de aquellos bloques rojizos, todos iguales. Se fueron muchos, vinieron muchos más, ahora es otro lugar. En realidad un gran almacén de sentimientos huérfanos y olvidados.

Juan se reconcilia con su pasado deja caer unas lagrimas sobre el anden gastado y sucio. El no sabe que esa presunta perdida de hombría es un acto de salvación. Hay pues una forma de ser consciente, de que no muera el tiempo ahorcado por el empuje de las necesidades devoradoras y huecas, por el huracán que somete los criterios al día a día, a ese querer ser un humano semi-dios al que adoren miles de humanos paganos. Ahora están juntos de nuevo, los tres, el círculo se cierra una vez más. Habrá propósitos e intercambio de vivencias, proyectos de futuro, que ojalá viajen el resto de su vida con ellos y no se queden de nuevo olvidados, junto con aquellos que aun allí habitan rellenos del extraño peso de no haber existido nunca.

Se oye el pitido seco del tren a lo lejos. Los tres se quedan parados esperando que el tren pase de nuevo. Cuando llega, lo dejan pasar, deseando encontrarse de nuevo juntos en la próxima estación. Solo ellos podrán elegir.

09/08/2011

- CLIX -

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Los recuerdos que no hacen falta... (Servido por Boötes en LDA el 09 agosto 2011)


La intimidad más profunda es solitaria,
está indefensa,
desguarnecida,
yace bajo la clemencia del tiempo
y sólo cuenta su verdad
cuando ya no puede ser escuchada…

No basta la lucha cerrada,
ni defender el honor de nuestro destino;
no basta ser de mármol invencible a la talla,
ni adosar un presagio a cada pensamiento;
no basta con recorrer con la mirada todo cuanto puede verse,
ni hacer censo de lo que puede tocarse,
ni practicar el consuelo de clasificar las indecisiones…

Todo es nada,
porque todo empieza ahora,
ya mismo,
en este justo instante que ya muere,
aplastado por su incontenible descendiente;
el mismo que muere a continuación
entre las fauces de este otro,
que ya es otro distinto,
y que ya ves que también está presto a despedirse...

La tristeza más profunda sólo admite consecuencias;
sus causas se incineran solas,
se volatilizan,
se pierden para siempre,
como el tiempo que las hizo firmes.
Y,
tras ellas,
solo quedan los recuerdos;
recuerdos que no nos hacían falta,
porque creíamos,
ingenuamente,
que cada instante
iba a contener siempre la dosis
que hacía justicia a nuestros deseos.

Y no,
no es así…
para el tiempo nunca somos necesarios.

10/07/2011

- CLVIII -

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A lo mejor me dejo llevar... (Servido por Boötes en LDA el 09 julio 2011)


A lo mejor me dejo llevar, a lo mejor, me dejo,
y te digo aquello no tan áspero, no tan lejano,
lo que nos dejen los tiempos,
lo que nos permitan las sombras.

A lo mejor me dejo llevar, a lo mejor...
me dejo,
y entro en una catarsis pura y me hago yo mismo,

como otras veces...
Me escucharías, como a esos vientos huracanados
que en desorden parlotean los motivos de su ausencia
¿Me entenderías?

Si te dijera un propósito indecente con la voz distinta,
si te dijera, que tras soñarte, dormir es un suplicio,
si te lo dijera...
¿Algo cambiaría?

A lo mejor me dejo llevar por mis sentidos
y me florecen olvidos y cicatrices;
los de tu amor tornasolado
o los que fueron nuestros instintos, tan turbados por su inagotable ansia.
Si me entretengo enamorado en tus pestañas cobrizas y no regreso,
y te cuento al oído perdidas historias de lo que pudo ser
allá en los montes y en las lomas,
o sobre la descubierta tierra virgen,
si te lo cuento...
¿Te mentiría?

A lo mejor me dejo llevar... por mi corriente
y desentierro esos corpúsculos de hielo
en los que tu alma duerme
o enciendo de nuevo el viento
solo para nombrarte
¿Acudirías?

Emerge entre mis recuerdos tu voz auxiliadora
con palabras astringentes empapando mis deseos.
He recorrido noches de soledad
buscando tus labios almibarados,
hasta inventarme astros brillantes que señalen su camino.
Recuerdo mis ojos de plenitud en el alba tranquila,
y como llenabas mi tierra de gozo y sentido,
amante como lo fui de aquella vida.
Solo al mirarte tiembla la existencia entera entre mis temores...
Si todo lo que no prometí llora ahora su arrepentimiento
¿Me perdonarías?

A lo mejor me dejo llevar
y para siempre, me dejo llevar por tu camino,
y para siempre, abandonado a una locura sin tregua,
armado solo de mi corazón bravo
sin poner en su lugar razón alguna,
por poderosa que se muestre su resistencia.
Lucha desigual en la que morir glorifica a cualquier guerrero
¿Y tú lo aceptarías?

A lo mejor, como si fuera necesario,
a lo mejor como te digo,
pongo en mis manos tus señales
y me dejo llevar a tus dominios.
En mi trashumante periplo por posadas
y a quienes se crucen en mi camino
hartos de ser como han sido,
hartos de mirarse en los espejos falsos
o necios de creerse vivos,
les hablaré del brillo azul de tu nombre
y de lo apagado que me resulta oír el mío
¿Me esperarías?

A lo mejor el futuro se ha desdibujado
y amanece en cada instante,
y bajo tu blusa de seda se han formado bellos atardeceres
que quieren crecer en mis ojos.
Líneas colosales,
sinuosos caminos que me conducen a tu espalda,
entonces quebrada en la distancia,
ahora libre al sol,
batiendo su desnudez en largos brillos salados,
que el mar no deja de contemplar.
Reflejo inexistente del horizonte tras tus ojos verdes,
que mágicamente se repliegan al sonreír;
como macizo de estambres sellado por el paso firme de unos caracolillos diminutos
que tu frente descuelga,
armados todos, de una jovialidad indistinta y sencilla.
Y ese corazón de porte honrado que entre tus formas descansa,
conserva palabras calladas
por no agotar su ternura en los desiertos,
por esperar la lluvia sinuosa del hombre pretendido,
al que la historia confundió de parte.

A lo mejor me dejo llevar, a lo mejor, me dejo,
y te digo aquello no tan áspero, no tan lejano,
y el tiempo, por fin, me regresa al punto de partida.

20/06/2011

- CLVII -

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Madrugadas que no son de nadie (Servido por Boötes en LDA el 03 junio 2011)
 
Concurrida esta a estas horas la madrugada, hay artistas que componen una sinfonía y varios cuerdos pintando esta sala en la que me veo. ¿El color? Un azul cielo, quizá algo nostálgico, pero conmovedor. Veo pasar la luz a través de las persianas de madera y oigo llorar a un bebé, que no debe ser mucho mayor que este otoño que ahora comienza, parece que lo hayan parido no hace ni tres noches y que no acabe de entender que es lo que ha venido a hacer aquí, a esta vida, acabará aceptando que ha venido a llorar, como todos lo acabamos aceptando. Llueve también, y oigo como salpican las gotas el suelo, cada cual diferente, matizadas por una noche de silencio pleno. Una ha caído en el lugar erróneo, ocupado por otra gota que le precedía, las oigo que dirimen y discuten, no se dan cuenta de que no podrán ya separarse. El tiempo crea extrañas ilusiones y complicadas tramas que unen para siempre echando por tierra cualquier impulso de la voluntad. Sí, alguien vive dentro de este refugio de cobardes ilusiones, aquí no hay explosiones de jubilo capaces de desmontar este tranquilo y mediocre decorado. Nunca ocurre nada.

Sobre la mesa hay un café y dos pastas, siempre las mismas. Comer es un invento que debe utilizarse con luz del día. También se ve el mismo sedentario libro de todas las noches, del que van pasando las páginas por pura ecuanimidad con el tiempo. Un poema, una canción, ahora la historia de un enérgico viajante que tuteaba a la mujer del herrero y prohibía a su hija salir después de las once. Sí, dice el libro que la hija cumplía este mismo año los treinta y seis. Mañana habrá pasado a la historia y cualquier tristeza, la de esta chica o la de su padre, tan osado de puertas para afuera, tendrán su merecido olvido entre tantas otras. Algunas insignias cuelgan de ese armario de madera tropical, con un matiz rojo apagado por la madrugada, son medallas, cada guerra tiene las suyas. La que está en lo más alto representa un disparo que partió en dos el tirabuzón de una niñita desconocida. Por suerte sólo fue el pelo lo que se le arrancó con el impacto de ese odio desconocido...

Hay sobre el suelo un lúgubre montón de aquiescencia conformado por un convenio universal para taras que se manifiestan en las esporas de la vida. Cada hueco esta recubierto por alguna materia, algunas ya extinguidas sin posible regeneración, otras crecen malformadas anegando todo a su paso, materias incombustibles, conmiseradas, indivisibles, asalvajadas por una sola razón: La falta de cuidados.

Todo está dispuesto para cumplir un trato innecesario, son reglas de un juego heredado, pasiones que se almacenan sin saberlo para descubrirlas con pudor o dicha, vestigios de nuestro mundo, alfileres con los que se cuelgan algunos recuerdos. Al fin, madrugadas que no son de nadie.


08/06/2011

- CLVI -

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Cae de este mayo una lluvia insistente que deja sobre los tilos el rastro del acompañamiento. Con saludable destreza se escurre de las hojas la soledad, la dejadez apelmazada que es necesario combatir para darle a la vida un trozo de poema, que no resulte del todo absurdo. En este mayo florecen las retamas a los lados de la carretera, aunque la vida siga anudando canciones tristes, haciendo de los copos hirientes pomada para cicatrices en desuso o sintagmas que nacen muertos, para amargar el corazón con primaveras que no le pertenecen. No es una gran aventura lo que aguarda tras los efímeros combates que una flor establece con la vida.

Recorro el valle a pie, con los doscientos pasos que a mi vida le sobran, veo al campesino merodear, teme por sus campos repletos, en realidad, repletos de mis húmedos recuerdos verdes. Ha arado la tierra, sembrado con sudor su futuro y ahora lo resguarda de todo, incluso de la conquista de un paseante sin nombre. Tras la valla de cañas y herrumbre están enterrados algunos cuerpos, que con toda seguridad, no debieron pertenecer a nadie, tan abandonados como lo están a esta lluvia ciega, que moja mis labios con el líquido amargo que disuelve en la nada ciertas palabras, para que me hiera callarlas, para no poder liberarlas de su torpe refugio, el mismo que escribe la sentencia que me condena. Silencio. Silencio a los pies de los muertos.

Aquí venía a jugar los sábados por la tarde, entonces no había tumbas, ni pensaba que hiciera falta archivar muertos para que la lluvia, pasados los años, los moviera por el subsuelo de forma indiscriminada. Ya no viene nadie. Nadie tampoco quiere ser visitado.

Desde la loma se divisa la inmensa tierra, lenguas que se solapan, colores que han sido delimitados con un tiralíneas de proporciones descomunales. Al fondo levita la gran urbe que avanza sin control, desconocidos todos, pero tan juntos...

La lluvia hace estrellas en los charcos, se mezclan los recuerdos, seguro que al campesino lo enterrarán sin una gota de sudor, y su finca, en la que sembré mis recuerdos de aquellos tiempos, acabará rellenándose de tejados rojos y azules, y algún joven orinará sobre lo que fueron campos fértiles o quizá sobre los muertos, que tampoco estarán donde los dejamos. No importa, seguro que seguirá lloviendo.

Mojan las inconstantes gotas la piel vieja y la arrastran hacia el abismo ciego del tiempo, después cientos de lagunas microscópicas riegan la pulpa misma, el corazón de la epidermis, ese que bombea los sentidos y deja el vello confundido. Nace poco a poco la envoltura que contiene el cuerpo, ese que no es de nadie.

Miro el tiempo recrecido, el presente que se abre paso por el barro, lo miro sin distancia, sin posibilidad de poder regresar a él, sin poder desdecirme de lo que está siendo. Veo como gotean indiscriminadamente suerte e infortunio, con el mismo azar caprichoso con que golpea la lluvia sobre el paisaje que contiene a los hombres. Hay un tiempo para entablar conversación con las renuncias, y otro para vivirlo a partir de este instante, y sin embargo, habrá que descubrirlo.

22/05/2011

- CLV - (Delayed, dedicado a Deaire)*

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Como el nombre de este post, llego con retraso. Aunque no sé bien para que era necesario tener prisa, ni si era necesario volver. También el nombre de este post es un pequeño homenaje a una compañera de libro arena a la que admiro por sus letras (aunque ahora publique poco) Nkundi. Ella es, en realidad, la que ha hecho posible este breve texto con el que reabro el blog de lda de nuevo.

Basado en su texto de idéntico título (que podéis leer en el siguiente enlace a su blog personal http://www.latrayectoriadelcielo.blogspot.com/ ) es éste, un pequeño ejercicio de intertextualidad en el que se asume la idea, trama y desarrollo, así como el uso de algunas de las frases del excelente relato original, que os ánimo a leer a los que aún no lo conocéis. Humildemente quiero dedicar a Nkundi este post. Espero que le guste a ella y a los que paséis por aquí o por el otro blog, tras tanto tiempo de ausencia.

Cordiales saludos,

Boötes

DELAYED (…)

- Tienes que convencerles… Estarán un fin de semana aquí, tan solo un fin de semana y tienen que aceptar la campaña de nuestra agencia. Eres nuestra única posibilidad, tienes que convencerles… Tráeme ese contrato firmado y te daré esa cuenta. De ti depende ¡De ti dependemos!

Esas fueron sus palabras mientras me extendía con su mano, blanca y fofa, una nota en la que detallaba el vuelo y la hora de llegada. En el garaje estaba su coche, con el chofer a mi disposición (¡Cuanta desmesura!) Tenía que acompañarles al hotel, llevarles a cenar, a tomar una copa, quien sabe si querrían echar una cana al aire y yo tendría que pagar por pedir un café a una chica de gran escote y cortísima falda; Pagado ese café a precio de oro, a desorbitado precio, con dinero de la empresa, porque todo vale para firmar uno de esos contratos. A los japoneses no les gusta esperar, así que me dirigí rápidamente al aeropuerto. Honorio, siempre tan profesional, se limitaba a conducir en silencio. Para él, ese trayecto no tenía ya ningún significado. Le daba igual que quienes vinieran, fueran unos u otros, para él solo era importante llegar a tiempo y tener contento al presidente. En definitiva, él, yo y otros cientos de millones como nosotros, ansiamos lo mismo: - No hacernos prescindibles.

Llegamos con el tiempo justo, como si eso fuera así de sencillo. ¿Cuál es el tiempo justo? ¿Cuándo se ha de llegar? ¿Acaso cuando nos esperan? ¿Acaso cuando no? ¿Qué es lo que hace que la vida sea un trayecto de verdaderas estaciones? ¿La espera? ¿La sorpresa?

Como siempre la previsión excede lo que ocurre y el avión venía con retraso. -DELAYED- se indicaba en los paneles informativos. Sordos paneles. Mudos paneles, que sencillamente confirmaban lo que sin querer ya me había confirmado el presidente: - Es normal el retraso en un mundo retrasado. Es normal que los negocios se retrasen cuando el retraso se llena de gozo. ¿Para qué decidir ahora, si me pueden agasajar durante más tiempo? Retraso, sí, auténtico retraso.

Me senté en el largo corredor de esperas, rodeado de cientos de personas, cada cual con un motivo distinto a cuestas. Conformé así, mi espera. Una espera sin razones o con una razón tan vana como la mía… Ninguna tan interesada como esta espera, como este saberse preso de quien viene, de quien llega, sin apenas haber tenido una charla compartida sobre inquietudes o formas de ver la vida. Preso, al fin y al cabo, de una espera convertible en dinero. ¿Cuántos de aquellos que allí estaban sentados o deambulaban de un lado a otro, o simplemente dejaban perder la vista en los luminosos paneles móviles, esperaban por dinero? Se me antojaba difícil adivinarlo. Todos miraban al suelo, todos esperaban en silencio. Se oían algunos cuchicheos. También algún exabrupto, porque la espera era más de lo que merecía a quien se esperaba, porque el tiempo vale más que la sorpresa… Todos balanceando el cuello, mirando el panel, mirando el suelo, nadie con la mirada al frente. Nadie, excepto ella… No parecía esperar el mismo vuelo que los demás, sino el único vuelo, el definitivo. Sus ojos se estrellaban inquietos en la demora, y se abrían quizá a la esperanza. Una mujer distinta, resaltaba entre la multitud. Escrutaba la puerta que se abría, el paso de los nómadas que se extinguían, uno a uno, tras cruzar la barrera de los tres metros, donde uno ya está seguro de saber reconocer al otro. Brillaba, en la apagada sala de luz blanquecina, la mirada profunda de aquella mujer. Parecían sus ojos pendientes de atravesar los otros ojos, los de aquel a quien esperaba, con una comedida ansia que afloraba en su mirada y en sus cortos paseos, siempre con la mirada al frente intentando con ella trascender por un instante casi eterno, en otros ojos ajenos, callados ahora, pero anhelados desde hace tiempo.

Lejos sonaban los ecos repetidos, cancelaciones, retrasos, llegadas, salidas, nombres de aeropuertos, de pasajeros que ya deben embarcar, nombres anónimos de anónimos que pasan y pasan, como pasa el tiempo cuando se espera que algo ocurra, como se detiene el tiempo cuando no pasa lo que se espera que ocurra. La felicidad es rápida, muy rápida. Tan rápida como la luz. Es posible que el gesto de esa bella mujer se reconstruya con una sonrisa, tan efímera, como el paso de los hombres por la línea que separa fronteras o motivos. Quizá, sea feliz en el encuentro, su primer encuentro, su reencuentro… Su espera se verá recompensada por una gran sonrisa o por una mueca de disgusto o por la indiferencia, la misma que yo tendré que ocultar cuando lleguen mis “queridos” japoneses.

Imaginaba sus razones, mientras la espera se comía un tiempo que se gastaba para nada, como se arrían las velas en puertos en los que no descenderemos del barco. Apenas una mirada al perfil de las costas, ya todas iguales, hermanadas por el discurrir de un tiempo pesado, sin mensajes adicionales, consentido, avejentado sin razón o motivo. Estar por estar. Esperar porque se ha de esperar, a quien no deseas, a quien no quisieras esperar jamás. Siempre esperando con la palabra fingida en los labios y en la mano una capa de aceite de afectos cambiantes, que permita estrechar mundos que, de otra forma, ni siquiera se hubieran rozado. Y ella, ella allí, esperando de verdad, esperando un anuncio, un giro en su vida, aterrizar de verdad sobre tierra firme, resolver cuestiones que significan algo, que vienen por una puerta y se convierten en inconfundibles decisoras, comprometidas. Sin saberlo, había empezado a envidiarla. Sí, hubiera querido esperar algo, esperar que la fe se encontrara con la certeza que la colma y le da razón de existencia, esperar que seamos lo que somos en otro lugar, representados y admitidos, conformarnos de otra visión que nos haga genuinos, que nos acepten o nos rechacen, pero con la firmeza de haber estado allí esperando que eso ocurra. Alejados de la soledad en la que nos acaba enquistando esta forma hipócrita de asentir a la vida y dejar que el tiempo pase, sin comprender que algún día será tarde, demasiado tarde. Me di cuenta de que no la envidiaba tanto a ella, como a quien esperaba. Deduje de su mirada, de su prestancia hasta en los titubeos de sus giros, que deseaba que aquella mujer me esperara a mí. Y entonces, el sentido de la espera se tornaba aún más excitante. Saberse esperado, admitido con la finalidad de hacerse parte de una o de miles de decisiones y que unos ojos interrogantes se abran para conculcar razones y palabras, para afirmar o desmentir que todo el tiempo no fue absolutamente en balde, que alguien, al otro lado, abrió la botella y que leyó el mensaje, que se tomó la molestia de esperar al náufrago, para decirle simplemente:

- Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.

Una neblina apagada rodeaba el vestíbulo de llegadas. Cientos de seres se trasladaban con sus maletas de un lado a otro, conexiones de vuelos, carreras al metro, a la parada de taxis o de autobuses. Comprobaban que estaban en otro lugar, abrían sus móviles, parloteaban sin descanso:

- Ya estoy aquí, he llegado ya…

Entonces ¿Les esperaban? Necesitaban decir “ya estoy aquí” ya lo estoy de verdad, he llegado, tal como prometí, tal como dije, soy yo ¿Para qué esa aproximación que cuando te esperan ya es segura? El tiempo de nuevo, el tiempo embustero de los que esperan que, a veces, lo hacen por puro convencionalismo. Esperamos porque nos han dicho que vienen, no porque dijimos que queríamos que viniesen. Puede que nadie nos espere nunca, pero no dejaremos de anunciarnos, como si con ello sintiéramos que nos esperan, pero no, yo no esperaba a nadie. Ellos quisieron venir, porque así lo habían decido el presidente y ellos mismos, mis simpáticos japoneses.

Sonó mi teléfono:

- ¿Leandro? Soy Akikazu Tokoro, ya hemos aterrizado.

- De acuerdo Akikazu, les espero en el vestíbulo de llegadas. El coche está listo para llevarles al hotel.

Mi espera estaba a punto de terminar, como una espera más que certificaba que también muchas esperas son parte de la rutina de la vida y que no es necesario desgastarse, ni sufrir, porque rara vez ocurre nada en lo que no debamos intervenir. Sentí profundamente que hubieran llegado aquellos menudos japoneses con ganas de pasarlo bien. Seguía prendido del gesto imperial y decido de aquella mujer, que resultaba un enigma para mí, pues, por primera vez, me sentía angustiado por no ser nadie para quien esperaba con esa firmeza, con esa impaciencia que irradiaba serenidad. Aquel era el momento de la distinción y aquella era mi última posibilidad. Era ese momento en que debemos dar un paso y dejar de ser anónimos. Quizá nunca más desearía ser esperado, quizá no hay más razones evidentes en la vida que encontrar quien esté dispuesto a concentrarse en la espera, a creer en ella, firmemente convencida de que algo aguarda tras el esfuerzo, tras la creencia, para acabar asegurando que la vida también dispone de una magia especial que siendo como nos es, esquiva, algunas veces proyecta un largo halo de luz que alumbra varios rostros al mismo tiempo. Lentamente me fui acercando a ella. A medida que avanzaba entre la multitud, notaba marcadas sus facciones y en su rostro una leve mueca de duda, además de una sutil sonrisa amable. Después de todo, hoy en día podemos estar fácilmente muy cerca de alguien. Podemos viajar al lado de un desconocido trece horas sin dirigirle la palabra, podemos recostarnos en él y dormirnos sin saber quién es, sin saber, siquiera, que nos estamos durmiendo. Podemos compartir dos metros cuadrados escasos con alguien a quien no volveremos a ver, como otros se acuestan cada día al lado de quien conocen como a sí mismos. Así es de curioso el espacio, el tiempo y el ser humano. ¿Sentiría ella ese acercamiento como el de un desconocido? Su pensamiento cancelaba mis pensamientos. Llegó a darme igual no ser nadie y, por un momento, deseé estar a su lado y decirle tan solo: “- Ya estoy aquí, he llegado ya… “

Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron. Ella mantuvo largo rato sus ojos, explorando mi rostro, escrutándolo, quizá, comprobando en mis rasgos si el final de su espera y de sus dudas estaba próximo, quizá era más mi deseo que su motivo. Luego, sacó un bolígrafo y apuntó algo en un trozo de papel que arrancó de una pequeña libreta. Me vi ante ella, tan cerca como nunca pensé que estaría. De nuevo un suplemento ¿Un nuevo final para la espera? Su mirada volvió a posarse en mis ojos, apenas debió durar un segundo, pero la sentí eterna. Me ruboricé de inmediato, por mucho que quisiera poner de mí a su alcance, una solo mirada suya había abrasado la médula, aquella a la que la carne y el hueso rodeaban y que se creía inmune al tiempo y al espacio, a los hombres y mujeres, pero sobre todo, a las esperas. Me dispuse a hablarle, necesitaba rebajar la intensidad de aquella perturbación momentánea, saber, en definitiva a quien esperaba, por qué esperaba, y, sobre todo, hasta cuando estaba dispuesta a esperar, que es lo que mide la importancia de lo que se espera. De repente, observé que miraba de nuevo al frente y que respiraba profundamente, como si absorbiera todos los minutos previos y los expulsara de repente en aquel momento. Vi como la rodeaban unos brazos y, por fin, pude escuchar su voz: - “Que paz tu abrazo”

Al momento, era Akikazu quien me tocaba en el hombro y con su aguda voz repetía:
- Buenas tardes, Leandro, ya hemos llegado…

Rápidamente, ella se perdió con él, entre la marea humana, pero en su huida, más allá de mis anhelos, de cualquier espera o de todo lo que pude haberle dicho, vi que de su mano caía una nota que aterrizaba sosegadamente en el suelo de la terminal. Me agaché a recogerla enseguida. En ella, con letra mayúscula y perfecta, estaba escrito:

- Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.



* Publicado en Libro de Arena