Como el nombre de este post, llego con retraso. Aunque no sé bien para que era necesario tener prisa, ni si era necesario volver. También el nombre de este post es un pequeño homenaje a una compañera de libro arena a la que admiro por sus letras (aunque ahora publique poco) Nkundi. Ella es, en realidad, la que ha hecho posible este breve texto con el que reabro el blog de lda de nuevo.
Basado en su texto de idéntico título (que podéis leer en el siguiente enlace a su blog personal http://www.latrayectoriadelcielo.blogspot.com/ ) es éste, un pequeño ejercicio de intertextualidad en el que se asume la idea, trama y desarrollo, así como el uso de algunas de las frases del excelente relato original, que os ánimo a leer a los que aún no lo conocéis. Humildemente quiero dedicar a Nkundi este post. Espero que le guste a ella y a los que paséis por aquí o por el otro blog, tras tanto tiempo de ausencia.
Cordiales saludos,
Boötes
DELAYED (…)
- Tienes que convencerles… Estarán un fin de semana aquí, tan solo un fin de semana y tienen que aceptar la campaña de nuestra agencia. Eres nuestra única posibilidad, tienes que convencerles… Tráeme ese contrato firmado y te daré esa cuenta. De ti depende ¡De ti dependemos!
Esas fueron sus palabras mientras me extendía con su mano, blanca y fofa, una nota en la que detallaba el vuelo y la hora de llegada. En el garaje estaba su coche, con el chofer a mi disposición (¡Cuanta desmesura!) Tenía que acompañarles al hotel, llevarles a cenar, a tomar una copa, quien sabe si querrían echar una cana al aire y yo tendría que pagar por pedir un café a una chica de gran escote y cortísima falda; Pagado ese café a precio de oro, a desorbitado precio, con dinero de la empresa, porque todo vale para firmar uno de esos contratos. A los japoneses no les gusta esperar, así que me dirigí rápidamente al aeropuerto. Honorio, siempre tan profesional, se limitaba a conducir en silencio. Para él, ese trayecto no tenía ya ningún significado. Le daba igual que quienes vinieran, fueran unos u otros, para él solo era importante llegar a tiempo y tener contento al presidente. En definitiva, él, yo y otros cientos de millones como nosotros, ansiamos lo mismo: - No hacernos prescindibles.
Llegamos con el tiempo justo, como si eso fuera así de sencillo. ¿Cuál es el tiempo justo? ¿Cuándo se ha de llegar? ¿Acaso cuando nos esperan? ¿Acaso cuando no? ¿Qué es lo que hace que la vida sea un trayecto de verdaderas estaciones? ¿La espera? ¿La sorpresa?
Como siempre la previsión excede lo que ocurre y el avión venía con retraso. -DELAYED- se indicaba en los paneles informativos. Sordos paneles. Mudos paneles, que sencillamente confirmaban lo que sin querer ya me había confirmado el presidente: - Es normal el retraso en un mundo retrasado. Es normal que los negocios se retrasen cuando el retraso se llena de gozo. ¿Para qué decidir ahora, si me pueden agasajar durante más tiempo? Retraso, sí, auténtico retraso.
Me senté en el largo corredor de esperas, rodeado de cientos de personas, cada cual con un motivo distinto a cuestas. Conformé así, mi espera. Una espera sin razones o con una razón tan vana como la mía… Ninguna tan interesada como esta espera, como este saberse preso de quien viene, de quien llega, sin apenas haber tenido una charla compartida sobre inquietudes o formas de ver la vida. Preso, al fin y al cabo, de una espera convertible en dinero. ¿Cuántos de aquellos que allí estaban sentados o deambulaban de un lado a otro, o simplemente dejaban perder la vista en los luminosos paneles móviles, esperaban por dinero? Se me antojaba difícil adivinarlo. Todos miraban al suelo, todos esperaban en silencio. Se oían algunos cuchicheos. También algún exabrupto, porque la espera era más de lo que merecía a quien se esperaba, porque el tiempo vale más que la sorpresa… Todos balanceando el cuello, mirando el panel, mirando el suelo, nadie con la mirada al frente. Nadie, excepto ella… No parecía esperar el mismo vuelo que los demás, sino el único vuelo, el definitivo. Sus ojos se estrellaban inquietos en la demora, y se abrían quizá a la esperanza. Una mujer distinta, resaltaba entre la multitud. Escrutaba la puerta que se abría, el paso de los nómadas que se extinguían, uno a uno, tras cruzar la barrera de los tres metros, donde uno ya está seguro de saber reconocer al otro. Brillaba, en la apagada sala de luz blanquecina, la mirada profunda de aquella mujer. Parecían sus ojos pendientes de atravesar los otros ojos, los de aquel a quien esperaba, con una comedida ansia que afloraba en su mirada y en sus cortos paseos, siempre con la mirada al frente intentando con ella trascender por un instante casi eterno, en otros ojos ajenos, callados ahora, pero anhelados desde hace tiempo.
Lejos sonaban los ecos repetidos, cancelaciones, retrasos, llegadas, salidas, nombres de aeropuertos, de pasajeros que ya deben embarcar, nombres anónimos de anónimos que pasan y pasan, como pasa el tiempo cuando se espera que algo ocurra, como se detiene el tiempo cuando no pasa lo que se espera que ocurra. La felicidad es rápida, muy rápida. Tan rápida como la luz. Es posible que el gesto de esa bella mujer se reconstruya con una sonrisa, tan efímera, como el paso de los hombres por la línea que separa fronteras o motivos. Quizá, sea feliz en el encuentro, su primer encuentro, su reencuentro… Su espera se verá recompensada por una gran sonrisa o por una mueca de disgusto o por la indiferencia, la misma que yo tendré que ocultar cuando lleguen mis “queridos” japoneses.
Imaginaba sus razones, mientras la espera se comía un tiempo que se gastaba para nada, como se arrían las velas en puertos en los que no descenderemos del barco. Apenas una mirada al perfil de las costas, ya todas iguales, hermanadas por el discurrir de un tiempo pesado, sin mensajes adicionales, consentido, avejentado sin razón o motivo. Estar por estar. Esperar porque se ha de esperar, a quien no deseas, a quien no quisieras esperar jamás. Siempre esperando con la palabra fingida en los labios y en la mano una capa de aceite de afectos cambiantes, que permita estrechar mundos que, de otra forma, ni siquiera se hubieran rozado. Y ella, ella allí, esperando de verdad, esperando un anuncio, un giro en su vida, aterrizar de verdad sobre tierra firme, resolver cuestiones que significan algo, que vienen por una puerta y se convierten en inconfundibles decisoras, comprometidas. Sin saberlo, había empezado a envidiarla. Sí, hubiera querido esperar algo, esperar que la fe se encontrara con la certeza que la colma y le da razón de existencia, esperar que seamos lo que somos en otro lugar, representados y admitidos, conformarnos de otra visión que nos haga genuinos, que nos acepten o nos rechacen, pero con la firmeza de haber estado allí esperando que eso ocurra. Alejados de la soledad en la que nos acaba enquistando esta forma hipócrita de asentir a la vida y dejar que el tiempo pase, sin comprender que algún día será tarde, demasiado tarde. Me di cuenta de que no la envidiaba tanto a ella, como a quien esperaba. Deduje de su mirada, de su prestancia hasta en los titubeos de sus giros, que deseaba que aquella mujer me esperara a mí. Y entonces, el sentido de la espera se tornaba aún más excitante. Saberse esperado, admitido con la finalidad de hacerse parte de una o de miles de decisiones y que unos ojos interrogantes se abran para conculcar razones y palabras, para afirmar o desmentir que todo el tiempo no fue absolutamente en balde, que alguien, al otro lado, abrió la botella y que leyó el mensaje, que se tomó la molestia de esperar al náufrago, para decirle simplemente:
- Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.
Una neblina apagada rodeaba el vestíbulo de llegadas. Cientos de seres se trasladaban con sus maletas de un lado a otro, conexiones de vuelos, carreras al metro, a la parada de taxis o de autobuses. Comprobaban que estaban en otro lugar, abrían sus móviles, parloteaban sin descanso:
- Ya estoy aquí, he llegado ya…
Entonces ¿Les esperaban? Necesitaban decir “ya estoy aquí” ya lo estoy de verdad, he llegado, tal como prometí, tal como dije, soy yo ¿Para qué esa aproximación que cuando te esperan ya es segura? El tiempo de nuevo, el tiempo embustero de los que esperan que, a veces, lo hacen por puro convencionalismo. Esperamos porque nos han dicho que vienen, no porque dijimos que queríamos que viniesen. Puede que nadie nos espere nunca, pero no dejaremos de anunciarnos, como si con ello sintiéramos que nos esperan, pero no, yo no esperaba a nadie. Ellos quisieron venir, porque así lo habían decido el presidente y ellos mismos, mis simpáticos japoneses.
Sonó mi teléfono:
- ¿Leandro? Soy Akikazu Tokoro, ya hemos aterrizado.
- De acuerdo Akikazu, les espero en el vestíbulo de llegadas. El coche está listo para llevarles al hotel.
Mi espera estaba a punto de terminar, como una espera más que certificaba que también muchas esperas son parte de la rutina de la vida y que no es necesario desgastarse, ni sufrir, porque rara vez ocurre nada en lo que no debamos intervenir. Sentí profundamente que hubieran llegado aquellos menudos japoneses con ganas de pasarlo bien. Seguía prendido del gesto imperial y decido de aquella mujer, que resultaba un enigma para mí, pues, por primera vez, me sentía angustiado por no ser nadie para quien esperaba con esa firmeza, con esa impaciencia que irradiaba serenidad. Aquel era el momento de la distinción y aquella era mi última posibilidad. Era ese momento en que debemos dar un paso y dejar de ser anónimos. Quizá nunca más desearía ser esperado, quizá no hay más razones evidentes en la vida que encontrar quien esté dispuesto a concentrarse en la espera, a creer en ella, firmemente convencida de que algo aguarda tras el esfuerzo, tras la creencia, para acabar asegurando que la vida también dispone de una magia especial que siendo como nos es, esquiva, algunas veces proyecta un largo halo de luz que alumbra varios rostros al mismo tiempo. Lentamente me fui acercando a ella. A medida que avanzaba entre la multitud, notaba marcadas sus facciones y en su rostro una leve mueca de duda, además de una sutil sonrisa amable. Después de todo, hoy en día podemos estar fácilmente muy cerca de alguien. Podemos viajar al lado de un desconocido trece horas sin dirigirle la palabra, podemos recostarnos en él y dormirnos sin saber quién es, sin saber, siquiera, que nos estamos durmiendo. Podemos compartir dos metros cuadrados escasos con alguien a quien no volveremos a ver, como otros se acuestan cada día al lado de quien conocen como a sí mismos. Así es de curioso el espacio, el tiempo y el ser humano. ¿Sentiría ella ese acercamiento como el de un desconocido? Su pensamiento cancelaba mis pensamientos. Llegó a darme igual no ser nadie y, por un momento, deseé estar a su lado y decirle tan solo: “- Ya estoy aquí, he llegado ya… “
Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron. Ella mantuvo largo rato sus ojos, explorando mi rostro, escrutándolo, quizá, comprobando en mis rasgos si el final de su espera y de sus dudas estaba próximo, quizá era más mi deseo que su motivo. Luego, sacó un bolígrafo y apuntó algo en un trozo de papel que arrancó de una pequeña libreta. Me vi ante ella, tan cerca como nunca pensé que estaría. De nuevo un suplemento ¿Un nuevo final para la espera? Su mirada volvió a posarse en mis ojos, apenas debió durar un segundo, pero la sentí eterna. Me ruboricé de inmediato, por mucho que quisiera poner de mí a su alcance, una solo mirada suya había abrasado la médula, aquella a la que la carne y el hueso rodeaban y que se creía inmune al tiempo y al espacio, a los hombres y mujeres, pero sobre todo, a las esperas. Me dispuse a hablarle, necesitaba rebajar la intensidad de aquella perturbación momentánea, saber, en definitiva a quien esperaba, por qué esperaba, y, sobre todo, hasta cuando estaba dispuesta a esperar, que es lo que mide la importancia de lo que se espera. De repente, observé que miraba de nuevo al frente y que respiraba profundamente, como si absorbiera todos los minutos previos y los expulsara de repente en aquel momento. Vi como la rodeaban unos brazos y, por fin, pude escuchar su voz: - “Que paz tu abrazo”
Al momento, era Akikazu quien me tocaba en el hombro y con su aguda voz repetía:
- Buenas tardes, Leandro, ya hemos llegado…
Rápidamente, ella se perdió con él, entre la marea humana, pero en su huida, más allá de mis anhelos, de cualquier espera o de todo lo que pude haberle dicho, vi que de su mano caía una nota que aterrizaba sosegadamente en el suelo de la terminal. Me agaché a recogerla enseguida. En ella, con letra mayúscula y perfecta, estaba escrito:
- Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.
* Publicado en Libro de Arena